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Los amigos espirituanos de José Martí Mario Valdés Navia
No debemos olvidar que en su corta y azarosa vida, consagrada al ideal de la Independencia de Cuba, José Martí sólo permaneció en territorio nacional por un tiempo equivalente a 16 años y algunos meses, aproximadamente el 40 por ciento de sus 42 años. El resto de su existencia vivió el cruel destino de los exiliados políticos, lo que no le impidió ser un conocedor de los problemas y las peculiaridades de su tiempo. Asumiendo un orden cronológico, el primer encuentro de Martí con un revolucionario espirituano ocurrió precisamente en los albores de su incorporación a la lucha por la independencia y dejó huellas indelebles en la conciencia del joven héroe. Ocurrió al ingresar en el presidio político condenado a trabajo forzoso por el delito de infidencia. Tratábase, según testimonio del coronel del Ejército Libertador Marcelino Díaz de Villegas, de "el venerable caballero Don Nicolás del Castillo y Dialz, de cuyas penalidades nos ha dejado recuerdos José Martí que, así como Valdés Domínguez, fue compañero de este anciano". La presencia activa de los espirituanos en las gestas independentistas los ligaba estrechamente con la actividad del Apóstol. Durante las labores preparatorias de la Guerra Chiquita, Martí, recién llegado a Nueva York tras escapar de su segundo destierro a España, entra en contacto con el joven espirituano Alejandro Rodríguez Velazco, veterano desterrado del ’68, quien terminaría la guerra de Independencia con los grados de General de División y sería el primer alcalde electo por votación popular en La Habana republicana. En 1880, Alejandro colaboraba con el Mayor General Calixto García en los preparativos de la Guerra Chiquita y en esas gestiones conoce a Martí, quien apenas llegado de España es nombrado, primero vocal y luego vicepresidente del Comité Revolucionario Cubano. Años después, en agosto de 1893 y octubre de 1894, Alejandro Rodríguez, quien se había establecido en Camagüey desde 1885, marcha al reencuentro con Martí como enviado de un grupo de revolucionarios camagueyanos, que no consideraban lista a esa región para lanzarse a la lucha. En carta Gómez, Martí califica al espirituano de "antiguo conocido mío" y le cuenta cómo fustigó a Rodríguez por sus opiniones erradas, según otros informes que poseía. Por la profundidad alcanzada, no hay lugar a dudas sobre la trascendencia especial de los vínculos entre Martí y el gran paladín espirituano, el General de las tres guerras, Serafín Sánchez Valdivia. Desde junio de 1891 Serafín abandona en República Dominicana a su familia y a su compañero el General Máximo Gómez, llega a Nueva York y se presenta ante Martí, quien lo acoge con sumo cariño y admiración y le brinda toda su confianza. La misión que Serafín se ha planteado al lado de Martí, de promover el acercamiento necesario entre éste y el Generalísimo, es cumplida con creces y se convierte en uno de los colaboradores principales en la magna tarea que Martí lleva adelante por esos días: la unión de los revolucionarios cubanos en un Partido político. Como parte de esas labores, el General Serafín Sánchez es enviado por Martí a La Florida a crear condiciones para la fundación del Partido Revolucionario Cubano y, proclamado éste, trabaja por su fortalecimiento y lo defiende con todo su prestigio de gran jefe militar. Entre 1891 y 1895, el Apóstol envía más de 100 cartas, telegramas y cables a Serafín, siendo el segundo hombre a quien más escribió, sólo superado por el gran amigo mexicano de Martí, Manuel Mercado. Hoy solamente se conocen cuatro de ellas, pero por las epístolas del Maestro se percibe lo intima que llegó a ser esa relación. A Serafín le confió Martí otras importantes tareas revolucionarias, entre ellas: escoger el enviado principal del PRC a Cuba, defender el proyecto de esa organización política tanto en el seno de la poderosa Convención Cubana de Cayo Hueso, como en los días en que esperaba la aprobación de sus documentos programáticos por los diferentes clubes, y redactar y firmar el documento mediante el cual los jefes militares más importantes, residentes en Estados Unidos, manifestarían su adhesión al Partido. También el ilustre espirituano estuvo encargado de escribir semblanzas de héroes populares de la guerra, para ser publicadas en la sección "Caracteres", del periódico Patria. A solicitud de Martí, estos trabajos fueron compilados en el libro Héroes humildes; Gonzalo de Quesada fue el compilador y autor de una bella semblanza del prócer yayabero. Asimismo, Serafín recopiló, a instancias de Martí, el no menos famoso poemario titulado Los poetas de la guerra, con preámbulo del propio Maestro. Otro espirituano ligado directamente a Martí fue Néstor Leonelo Carbonel Figueroa, iniciador de la Guerra de los Diez Años en territorio del actual municipio de La Sierpe y quien fue una figura distinguida de la Revolución en La Florida. De Néstor Leonelo partió la idea de invitar a Martí –a través de Enrique Trujillo- para visitar Tampa en octubre de 1891 y a él remitió Martí tres importantes comunicaciones. A partir de aquel viaje histórico, Néstor Leonelo lo secundó en su proyecto revolucionario y fue uno de sus colaboradores en los preparativos de la Guerra Necesaria; además llegó a publicar artículos en el periódico Patria. Por su prestigio revolucionario fue electo, el 8 de abril de 1891, como Presidente del Cuerpo de Consejo del PRC en Tampa. En aquel viaje a La Florida, el Delegado compartió con el joven Eligio Carbonel y Malta, primogénito de Néstor Leonelo y miembro activo del Club Ignacio Agramonte, donde fungía como secretario. Eligio formó parte de la pequeña guardia tampeña, la cual lo acompañó en su primera visita a Cayo Hueso. De Eligio a Martí se conoce una misiva enviada desde Jacksonville, el 4 de julio de 1892, pero por la carta remitida por Martí, fechada en Nueva York el 10 de enero de ese propio año, se aprecia que hubo misivas de Eligio desde entonces. Enfermo del pulmón y herido en el alma por la carta ofensiva e injusta de Enrique Collazo y otros, Martí le agradece a Eligio la defensa inmediata por parte de Néstor Leonelo y demás cubanos de Tampa. En prueba de su afecto imperecedero, el Maestro le envió como recuerdo desde Nueva York una foto suya con la siguiente dedicatoria: "A Eligio Carbonel, que pasa por el mundo con alma de hermano, y tiene uno en un hombre que sólo ama la virtud, su José Martí, Tampa, 7 de julio de 1892." Una de las páginas más hermosas de las relaciones de Martí con hijos de Sancti Spíritus la encontramos en su vinculación con el primogénito de Máximo Gómez, el joven Francisco Gómez Toro –Panchito -, quien conocía al Maestro por las cartas de Serafín Sánchez a su padre. Por ello, lo embarga una gran emoción cuando el 9 de septiembre de 1892 recibe en la Casa Comercial de Juan Isidro Meneses, en Montecristi, al Delegado del PRC, que viene a entrevistarse con el Generalísimo. Los días que pasa Martí en la finca de Montecristi constituyen el primer peldaño de aquella relación, que se ampliará mucho más cuando, entre abril y julio de 1894, Panchito acompañara al Apóstol en un periplo por las emigraciones de los Estados Unidos y la cuenca del Caribe. El primero de abril de 1895 se despiden ambos patriotas por última vez y el valiente joven, que no puede calmar su angustia por tener que quedarse en tierras dominicanas mientras Martí, su padre y su amigo César Salas marchan a la guerra en Cuba, tiene el gesto extraordinario de regalarle el mejor de los presentes: el revólver y el machete preparados para venir a pelear a la Isla. Por ello, cuando Martí cae en combate, disparaba a los enemigos con el revolver de Panchito. La profunda amistad entre el Maestro y Serafín Sánchez Valdivia es bien conocida, pero pocos han prestado atención al hecho cierto de que Martí fue también amigo y compañero de luchas de otros miembros de esa familia, como el también General Raimundo Sánchez y Josefa Pina Marín, "La Pepa", esposa y colaboradora de Serafín. El primer contacto entre Martí y Raimundo ocurre en Cayo Hueso, en noviembre de 1892, al coincidir la llegada al exilio del joven estudiante de Medicina con el arribo de Martí a esa localidad floridana. Pronto el Delegado escoge a Raimundo como amanuense, para que le redacte las cartas secretas que enviaría a los conspiradores en Cuba. Más de un mes estuvo el joven, junto a otros dos secretarios, tomando los dictados del Maestro, conociendo e identificándose con su manera de pensar y actuar. Posteriormente Martí le asignó otras tareas más complicadas e importantes, entre ellas varias misiones secretas a Cuba. La relación de Martí con Pepa Pina no sólo fue amistosa y cordial, sino de reconocimiento a la inteligencia y al valor de la espirituana en varias oportunidades. Así, en agosto de 1893, Martí escribe a Gómez sobre el brillante papel de enlace y orientación revolucionario que ha cumplido "La Pepa" en La Habana. En sus misivas a Serafín, Martí dedica siempre un espacio a la esposa del Paladín, como muestra de admiración y respeto por tan valiente mujer. En 1893, durante su peregrinaje por las emigraciones revolucionarias de la cuenca del Caribe, Martí conoció al viejo conspirador espirituano Manuel Coroalles Pina, establecido desde años atrás en Panamá, donde fue nombrado Agente Especial de la Revolución. Coroalles ayudó a muchos cubanos que llegaron a aquel país, como los hermanos Maceo, Flor Crombet y otros, y colaboró con las fracasadas expediciones de Ramón Leocadio Bonachea y Limbano Sánchez. Al llegar Martí al istmo es atendido por el espirituano, quien comparte con él su mesa y lo presenta a la comunidad de emigrados. Al tener que partir pocos días después, Martí envía dos hermosas misivas a Coroalles, donde lo califica de "sensato y patriota" y lo exhorta a que "me ponga todo su inmediato empeño en la labor que le he echado encima y en cuya realización no llegará un minuto más tarde de lo preciso." Los vínculos de Martí con revolucionarios espirituanos exiliados se ampliaron cuando llegó a República Dominicana, en febrero de 1895, vísperas ya de su incorporación a la manigua redentora. En esas circunstancias conoce al joven César Salas Zamora, hijo del Dr. Indalecio Salas, patriota del ’68. Amigo íntimo de Panchito Gómez Toro y ansioso como él de participar en la Guerra Necesaria, era un conspirador probado, valiente y responsable que gozaba de toda la confianza de Máximo Gómez, cuando Martí lo conoce. Todo parece indicar que fue César Salas el último espirituano en ver a José Martí con vida, pues lo acompañaba como Teniente Alférez adscripto a la escolta del General en Jefe cuando ocurrió el desastre de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895. El autor es Historiador de la ciudad de Sancti Spíritus |
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