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Cinco anécdotas sobre José Martí Leonardo Depestre Catony
Ya a los 17 años Martí vive la dureza del presidio político y la brutalidad del trabajo en las canteras, con un grillete al pie. Al serle conmutada la pena -seis años de presidio por el delito de infidencia- por la de destierro, marcha a la casa de unos amigos de la familia, en Isla de Pinos, para recuperar allí la salud antes de embarcar hacia España. Entonces es liberado de los grilletes, que Martí pide le sean entregados como recuerdo. Mientras paseaba por las habitaciones de la vivienda pinera -se cuenta-, portaba en los bolsillos del pantalón fragmentos de los hierros que habían lacerado su piel, los cuales solía palpar, en tanto durante la noche los colocaba bajo la almohada, como para no olvidar ni por un instante los horrores del presidio político. Transcurren los años de destierro (en España, México, Guatemala), el Pacto del Zanjón ha puesto amargo término a la Guerra de los Diez Años y José Martí está de vuelta en Cuba. Tiene la cultura de un hombre de mundo y su verbo inflamado se escucha con admiración en la colonia. Se le acoge en las tertulias literarias y las gentes se preguntan quién es el joven de tan ardiente palabra. El 27 de abril de 1879, en el Liceo de Guanabacoa, localidad aledaña a la capital, pronuncia un discurso en el homenaje tributado al violinista Rafael Díaz Albertini. La oratoria martiana no repara en la presencia allí de autoridades importantes de la Isla y proclama: "...Los hijos trabajan para la madre.... Para su patria deben trabajar todos los hombres." El capitán general de la Isla de Cuba, Ramón Blanco, que está presente, lo escucha asombrado y exclama: -Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del gobierno español: voy a pensar que Martí es un loco... pero un loco peligroso. En octubre de aquel mismo año, 1879, embarca deportado por segunda vez hacia España. Aunque de cuna humilde, Martí alcanzó una cultura universal en la cual se incluía su apreciación de la alta cocina. Era verdaderamente un conocedor de la materia y pese a su muy moderado comer, disfrutaba de las delicadezas de una mesa bien servida. En Nueva York, durante su largo exilio en Norteamérica, conocía en qué restaurante, a precio económico, podía degustarse una comida italiana, húngara o de cualquier otra nacionalidad. Pero a Martí no le complacía comer solo y prefería ir siempre acompañado de algún amigo. -Comer solo es un robo, solía decir, expresando con ello que lo consideraba ''un placer robado al comensal ausente.'' Con esta misma filosofía no solo invitaba a los amigos a comer en un modesto restaurante, sino por igual a la casa donde residía, tertulias que incluían una taza de café criollo y la lectura de algún que otro verso de sobremesa. En 1892 tomó rumbo a Santo Domingo para visitar a Máximo Gómez e invitarlo a participar en los preparativos de una nueva gesta independentista. Gómez, por aquellos días un tanto desanimado luego de los descalabros de la anterior contienda, escuchó con atención los proyectos de Martí acerca de una revolución y entonces le expresó descreído: -¡Pero es un sueño! -¡Realizable!, le replicó Martí con el entusiasmo que lo caracterizaba. Uno y otro continuaron discutiendo, sopesando los argumentos y buscando los modos de viabilizar el proyecto. -¡Imposible!, vuelve a asegurar el dominicano Gómez. Acuérdese del Zanjón, le ofrece como prueba de su afirmación. -Es preciso otra tentativa. No son los mismos tiempos- insiste Martí. -¿Y con qué elementos contamos?, pregunta con tono de preocupación el ilustre guerrero. Entonces Martí, que está seguro de contar con la cooperación de Gómez, le espeta convincente: -¡Con los desatinos de España! Huelga decir que Máximo Gómez entregó nuevamente su sabiduría y experiencia al concurso de la libertad de Cuba. Hallándose en Cayo Hueso, y mientras corrían los años de 1893-1894, Martí se encaminó un día a la barbería del señor Blanco. Mientras le cortaba el cabello, el barbero le propuso: -¿Quiere que le quite cuatro o cinco canas que tiene? Es un lástima dejarlas en tan buen pelo. Martí agradeció pero le respondió que no y a continuación el barbero preguntó de nuevo: -¿Quiere que le eche loción? Otra vez el cliente agradeció y dio un no por respuesta. Entonces pensó Martí que tan amable barbero merecía una explicación y con suavidad le dijo: -Mire, señor Blanco, no quise la loción porque sencillamente no la uso, en cuanto a las canas, son tan pocas que no me pesan y no hay peligro que aumenten, porque el destino no va a permitir que otras vengan a hacerles compañía. Muchas anécdotas más se han contado acerca del Héroe Nacional de todos los cubanos, aunque creemos que estas cinco bien nos dan la imagen del hombre que fue. (El autor es escritor y periodista cubano, colaborador de Prensa Latina) |
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