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Epistolario íntimo Carmen Rodríguez Pentón Una copiosa correspondencia alrededor de un centenar de cartas y telegramas complementó los lazos entre Martí y Serafín, una entrañable amistad forjada en los preparativos para la Guerra Necesaria A veces fueron frases de encendida pasión; otras, palabras duras, discrepancias, alertas o urgencias de la guerra que alternaban con mensajes familiares y de preocupación por los amigos y compañeros de causa; misivas dirigidas a grandes próceres: a Máximo Gómez, Antonio Maceo, José Dolores Poyo, Eduardo H. Gato, Gonzalo de Quesada y a su “querido Serafín”, casi todos colaboradores fieles del Maestro. Tamaño designio el de un hombre que vivió sus escasos 42 años sumido en un exilio inconstante y en la más recia pobreza, mientras que en Cuba sólo estuvo cortos espacios que no van más allá de 16 años de batallar sin tregua, pero con la mente clara para mantener el contacto entre patriotas, muestra de que nunca decayó su febril actividad con miras a los preparativos para el nuevo movimiento libertador. Según sus biógrafos, era infatigable, escribía 10 o más cartas, manifiestos revolucionarios, artículos para Patria y versos en un solo día. Serafín tuvo el privilegio de ser, junto a Manuel Mercado, uno de los cubanos que más correspondencias recibieron del Héroe Nacional. Fueron tres años aproximadamente de una prolífera comunicación entre ambos próceres desde 1892 hasta 1895, lapso donde están plasmados, en más de un centenar de cartas, cablegramas y telegramas los lazos entre el Maestro y el Paladín espirituano, y la estrecha comunión de ideas que afianzó una amistad entrañable desde que en junio de 1891 se conocieron Martí y Serafín en pleno corazón de Nueva York. En marzo de 1892, desde la norteña ciudad, envía las primeras letras que reflejan la admiración del Apóstol por el Héroe de las Tres Guerras. “Sólo unas líneas que apenas le puedo escribir para decir que recibí con muchísimo gusto la carta de usted (…) Y me enseña una vez más el bello talento y el corazón justo que le adiviné, y le quiero mucho”. Ya desde esa temprana fecha no esconde su preocupación por el futuro de Cuba y la buscada unidad que necesitaban las huestes mambisas. “Pena de mi persona y la inquietud en que me tiene el desorden que le quisiera evitar a mi Patria (…) me tienen sin más fuerzas que las estrictamente necesarias para salir de la cama a mi trabajo (...) ¿Y dejaremos morir, Serafín, tanta hermosura? ¿Quién hará lo que tenemos que hacer, y nadie podrá hacer, nadie, si no lo hacemos todos juntos? Y los días se suceden y los peligros”. Bien sabido es el hecho de que Gómez y Maceo llegan a Nueva York en 1884 para ponerse al frente del Comité Revolucionario Cubano, lo que se conoce con el nombre de Plan Insurreccional Gómez y Maceo. Como se ha dicho Martí no tomó parte de este plan, por no compartir los métodos y formas del dominicano. Quizás en un primer momento el líder de la guerra hasta ignoraba que el mayor propósito del espirituano cuando decidió compartir su suerte, era limar las asperezas de él y el Generalísimo, de manera que se dedicó Serafín con todas las de la ley a promover el acercamiento entre los dos líderes, a sabiendas que la unión de estos afianzaría como nunca esa indispensable comunión entre táctica y estrategia. PREVISIÓN Y ESPIONAJE A lo largo de su vida fue maestro de la previsión, del buen tacto, de estar alerta al punto de darse cuenta a tiempo no sólo de los elementos que querían usar en su contra, sino también en contra de los demás; Martí se defendía y esquivaba como podía las persecuciones. Creó claves y enviaba mensajes cifrados disfrazando todo lo que era preciso ocultar al enemigo. Cuando escribe a Serafín el 17 de septiembre de 1894 utiliza una vez más seudónimos, siglas y combinaciones: “(...) Por este mismo vapor envíeme a La Habana -luego, si no hay tiempo hoy, le mandaré el dinero para Barranco-, un mensajero a Aguas Verdes (C) -de B., el amigo de G., o cualquier otro-, con las adjuntas letras, urgentísimas y de significación feliz. –Si sale el hombre, cabléeme Bueno, Manuel a Barranco, New York. Si no sale, cabléeme Salió, Manuel (...)”. MENSAJE INDISPENSABLE PARA LA GUERRA NECESARIA El alma de la guerra y de su larga preparación fue indiscutiblemente José Martí. Su genio fue tal que supo combinar ambas cualidades: patriota y escritor, hizo de la organización para la lucha armada un arte, sobre todo en 1894, cuando trabajó incansablemente, manteniendo como su supremo ideal la independencia de la Patria y la defensa de los cubanos. En enero de ese año le escribe refiriéndose a un grupo de españoles que fueron a Cayo Hueso con el fin de romper una huelga de tabaqueros cubanos: “Sí, Serafín. ¿En qué momento se mezcla esa gente americana (…) en asuntos en que el respeto, la prudencia, la gratitud, la afinidad republicana y humana le impedía mezclarse, sino en los instantes en que se intenta una colecta, y parece cercana a Cuba una Revolución? Y ¿allí no hubo quien se les alzase en esa junta (…) con habilidad y sin violencias (…)? Mi idea fue volar allá, y hablarles en inglés y, con la certidumbre que me dan ya las últimas cartas de Gómez, pedir a los nuestros un poco más de ayuda; aunque me injurien o abandonen: ¿la Patria para qué es, sino para padecer por ella?”. En 1894 remite otra carta a Serafín Sánchez y le cuenta: “He vuelto del viaje callado que di por donde debía (...)”; también le comenta que espera respuesta del General: “Yo volví a tiempo, y muero de impaciencia. Atiendo a cuanto debo, y callo; pero nunca, de esperanza o de indecisión, he padecido tanto”. Más adelante menciona la desvergüenza de alguno: “¡diciendo que Gómez nos engaña, y ha autorizado otro movimiento! (...) Esa maldad me ha envenenado y robado el día de hoy. Pero quiero ponerle estas líneas, para que me sepa en pie, con el alma en tumulto, con la boca seca de ansiedad, pero con el juicio de ojos, y pensando, sobre tiempo y sucesos, como usted piensa”. “Serafín muy querido”. Así comenzaban casi todas las cartas de un intercambio que en los últimos meses se hizo más copioso, con una intimidad sin igual que los llevaba a interesarse por asuntos tan personales como la salud, la familia, los hijos y esposas, fechas señaladas como Año Nuevo. En diciembre escribe ante un inminente viaje y terminaba “(…) ¿Me recibirán Pepa y Raimundo con cariño? Calle aún el viaje, pongo unas líneas a Teodoro, Roloff, Poyo y Fermín”. Nunca falló, además, ese gran sentido de la amistad entre los dos próceres. Del espirituano escribió el Apóstol sin eufemismos: “Vale la pena vivir cuando se vive entre hombres, cuando -en el rincón del cariño- se ha dado asiento a hombres como usted”. Y no paró mientes en elogios, so pena de ser demasiado pródigo: “Uno de los hombres de mayor dignidad y entrega que conozco, más sanos y generosos y de gran utilidad verdadera para Cuba, es nuestro general Serafín Sánchez, este no es hombre que tiende la mano, sino que la pone al trabajo”. |
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