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Martí, la premonición de la muerte Orlando Fernández Aquino
Un niño lo vio: tembló De pasión por los que gimen: ¡Y al pie del muerto, juró Lavar con su vida el crimen! Fue la iniciación, su pacto con la historia; quizás la primera noción consciente de que el objeto principal de su vida era la lucha contra la injusticia y por la independencia de la Isla amada. Su poesía y prosa no dejan dudas acerca de que José Martí sentía una compulsión mesiánica de la existencia. El era el predestinado por la historia, el fundador de pueblos -como se transparenta en el Ismaelillo-, y a ello consagraría toda su portentosa obra de pensamiento y acción. Sólo que hazaña de tal naturaleza estaba necesaria y sistemáticamente asediada por el peligro y la muerte. Cabe entonces la pregunta ¿al tener la revelación del futuro de Cuba y de la América toda, dejó espacio para una concepción personal de la muerte? Habría que responder que sí, que desde la más tierna edad aprendió con su maestro y padre espiritual, Rafael María de Mendive, que «los pueblos viven de la levadura heroica» y que «la vida humana no es toda la vida. La tumba es vía y no término (...). La vida humana sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida en la tierra», escribiría oportunamente. El pensamiento martiano produciría una subversión lógica del sentido tradicional de la muerte. Martí supo a tiempo que «morir por la patria es vivir». En fecha tan temprana como 1871 -tenía 18 años-, en hermoso discurso pronunciado en una velada-homenaje para conmemorar el fusilamiento de los estudiantes de Medicina, diría: «Otros lamentan la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida». Y más adelante: «la muerte da jefes, la muerte da lecciones y ejemplos, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡sí, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!» En excepcional vislumbre de lo que sería su caída en combate casi cuatro años más tarde, el 26 de noviembre de 1891, ante la enardecida masa de los tabaqueros de Tampa les hablaba de lo hermoso que sería «morir a caballo, peleando por el país, al pie de una palma». Los últimos testimonios escritos por nuestro Héroe Nacional evidencian que José Martí presintió la muerte física, no moral, y que estaba preparado para enfrentarla. En su carta al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal -considerada su testamento político- fechada en Montecristi el 25 de marzo de 1895, le expresaría: «Yo no evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre (...) mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora.» Y le escribiría al entrañable Manuel Mercado, en carta inconclusa desde el campamento de Dos Ríos, el día antes de su muerte: «Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (...)», y casi al final: «Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad». Justamente porque supo desaparecer, nuestro pueblo ilumina con rayos de libertad su obra y su ejemplo. Cubanos: «Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida.» |
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