Una pareja para la danza
El
prestigioso intelectual Pedro Simón Martínez, director del Museo
Nacional de la Danza, revive su juventud en Agabama, repasa sus aportes
a la cultura cubana y revela vivencias como pareja de Alicia Alonso por
más de 30 años
Mary Luz Borrego
Sala García Lorca del Gran Teatro de
La Habana, 2 de diciembre de 1971: Alicia Alonso abre la puerta de la
cabaña, se asoma gozosa y sale a bailar en medio de los aplausos, casi
no se escucha la música, los memorables acordes de la salida de
Giselle. Cyril Atanassoff, bailarín estrella de la Ópera de París, como
pareja. Alicia lo ocupa todo, la falda azul estremecida por la brisa.
Sutileza de las curvas, gracia en la pose de su cabeza.
Después, la cúspide con la escena de
la locura de Giselle: pasión, sencillez, dolor. Hasta el final, cuando
las Wilis se apartan y sobre la tumba la doncella resucita por amor.
Retazos de brumas. Y de nuevo la salvación de bailar, sólo bailar.
Infinitos aplausos. Se cierra el telón y Alicia sale. Una lluvia de
pétalos sobre su cabeza. Desde una luneta anónima, Pedro Simón Martínez
no se ha perdido ni un detalle con su devoción como admirador y el ojo
en la crítica de arte.
“Me encuentro con Alicia primero como
artista, yo era un aliciómano absoluto, quería ser como un
experto en su arte, estudiaba su biografía, sus personajes, su estética,
su trabajo histórico en la danza y con los años vino otro tipo de
relación, nos casamos en 1975. Ahí unimos nuestras vidas desde el punto
de vista personal y también profesional, he tratado de ayudarla en lo
que yo he podido, ella me ha ayudado muchísimo, mi formación se completó
con tenerla como testimonio vivo permanente, no sólo desde el escenario,
sino al lado, en muchos de los libros que he escrito he filtrado cosas
que me han llegado a través de ella”.
¿Cómo se acerca al Ballet y a Alicia
un guajiro de Agabama, con un perfil profesional tan distante: Química
Industrial, Derecho Diplomático y Doctor en Ciencias Sociales?
Mi relación con el ballet es como de
cuentos, porque cuando me mudé para La Habana a mí me interesaba,
estudiaba, iba al teatro. Una vez, en un trabajo productivo, había unos
periodistas de Juventud Rebelde, se forma una discusión sobre el
ballet y yo empiezo a defenderlo. Al final llega un joven que no conocía
y me dice que es el jefe de la página cultural del periódico, era
Eduardo López Morales, me propuso que escribiera de ballet.
Hice mi primera crítica, la publican y
como a los dos días me llamaron del Ballet Nacional, pensé que para
protestar por la barbaridad que había escrito. A Alicia y Fernando
Alonso les gustó mucho el trabajo y querían conocerme, porque les
interesaba promover la crítica con calidad. Me dijeron que me daban
todas las facilidades, me prestaban libros, podía ver los ensayos, que
les preguntara lo que quisiera. Continué escribiendo sobre ballet en
varias publicaciones, incluida la radio. Después quisieron hacer una
revista, Cuba en el Ballet, que salió en 1970, y hoy la sigo
dirigiendo.
¿De qué modo se adapta un hombre
común a vivir al lado de Alicia Alonso, habitualmente rodeada de las más
encumbradas personalidades del arte y la política?
Yo diría que con un poco de azoro. Pero
son muchos años y nos vamos acostumbrando. Siempre aquí le bromeo a los
compañeros y les digo, además lo creo así, ustedes están equivocados, en
Agabama la gente es muy despierta e inteligente, con muchas inquietudes,
muy audaces.
Usted era su admirador, pero terminó
casándose con ella, ¿resultó difícil enamorar a la gran bailarina? ¿Cómo
transcurre la vida en pareja de alguien que vive por el arte?
¡Qué difícil pregunta! Sucedió tan
natural como sucedieron las otras cosas, fue una afinidad, un diálogo,
nada preconcebido, no estuve pensando una semana cómo iba a decirle, ni
cómo hacerlo porque aquello fue sucediendo naturalmente. Yo hablaba de
cosas importantes que me han pasado y creo que esa es la más importante,
mi experiencia humana, personal, además a mí siempre se me unen cosas
diversas en una sola, se me une la literatura, la danza, la música y en
este caso se me unió la felicidad personal, el amor de pareja con mi
gran devoción artística.
Nos hemos hecho más compañeros de
trabajo, ella vive trabajando siempre, Alicia no descansa, nunca ha
tenido vacaciones, a veces se lo reprocho, pero veo que su forma de
existir es así, aun en los momentos de descanso está pensando en un
nuevo ballet, siempre es trabajo. Y a ese trabajo me incorporé yo, somos
temperamentos muy distintos, yo soy muy apacible, lento, más
parsimonioso, a veces un poco pesimista, y ella es el optimismo
personalizado, ella tiene un signo de más, siempre es positiva y todo se
puede. Tiene una energía sin fin, nunca se cansa, me canso yo que voy
detrás, después de una jornada enorme todavía está generando y cuando
llega extenuada a la casa me dice: “Llámame a fulano que tengo que ver
tal cosa” y le digo, pero deja eso para mañana y me responde: “No, no,
ahora”. Creo que eso me ha ayudado un poco a despertar, a mantenerme
vivo, es un equilibrio importante.
¿Nunca se ha sentido menor a su lado?
¿En el hogar comparten gustos e intereses?
Bueno, hay nuevos gustos que he adoptado
porque le gustan a ella, por ejemplo, Alicia ama los perros, para ella
son como personas, yo nunca había tenido un perro en mi casa, nunca he
maltratado a los animales, pero me eran un poco ajenos, entonces ella me
ha enseñado, ya los quiero y los perros me quieren a mí, ¡qué remedio!
Yo nunca me he sentido disminuido porque
ella se ha encargado de que eso no ocurra, indudablemente Alicia es una
personalidad extraordinaria, yo estoy consciente de mi espacio y mi
tiempo, y estoy consciente de su estatura como artista, como ser humano.
Alicia en Cuba no es sólo una de las grandes personalidades de la
Cultura de todos los tiempos, sino que en Cuba Alicia es un fenómeno
sociológico, porque hay gente que nunca la ha visto bailar, pero todo el
mundo sabe quién es, ella es como parte de la identidad nacional.
Vivir al lado de una persona así es
interesante, no hay mucha privacidad, siempre lo están mirando a uno,
recuerdo que una vez, recién casados, se nos ocurrió ir a Varadero,
llegamos y nos pusimos nuestros bañadores, salimos caminando por la
playa y de pronto empezó la gente a caminar detrás y yo le decía:
Alicia, nos parecemos al flautista de Hamelín, porque vamos delante y
como una procesión detrás, tuvimos que dar la vuelta, vestirnos e irnos.
A veces ella dice: “Yo me sentara en el Malecón”, se sienta y está un
ratico, pero enseguida la gente viene, le habla y pronto estamos
rodeados. Me he acostumbrado a eso, lo he asimilado, además lo comprendo
y comprendo a la gente.
La prensa extranjera ha hecho algunos
comentarios desagradables: que en algunas entrevistas usted sale a
defenderla, que ustedes y sus seguidores no dejan sobresalir a otras
individualidades del ballet.
Calumnias absolutas. Alicia es una
personalidad ineludible y está ahí, pero Alicia es una personalidad que
lo que ha hecho es contribuir a que haya otras personalidades, ha
dedicado su vida a formar a otros dentro del ballet. Casi todos los
artistas creen que tienen más posibilidades que las que realmente
poseen, les cuesta mucho trabajo ver su propia medida y alguien tiene
que hacerles ver hasta dónde pueden llegar. Alicia lo que quiere es que
sean mejores, que triunfen, pero puede haber gente resentida; el ballet
es muy difícil, un arte implacable, usted tiene que tener un biotipo,
luego adquirir una técnica y después la sensibilidad artística, a veces
al propio artista le cuesta asumir alguna deficiencia, o sus familiares
y admiradores creen que puede llegar a más, y cuando también son
desafectos políticos, entonces escriben esas cosas, son los roedores de
la gloria que decía Ortega y Gasset, quieren ver de dónde sacan una
falla, eso es un sentimiento innoble que desgraciadamente existe.
Con respecto a que yo la ayude, sí,
trato de ayudarla en todo lo que puedo y ella está muy contenta con eso;
ocurre que a veces se le olvida un nombre, una fecha, un aspecto que no
ha tratado y yo se lo recuerdo, eso sucede en todas partes y como
estamos en el mismo campo… También hay cosas que es mejor que yo las
diga, ella no quiere hablar de sí misma. En otras ocasiones se pone muy
majadero un periodista con temas políticos y prefiero que Alicia no
tenga que enfrentar eso desagradable, yo lo asumo con muchísimo gusto y
si a alguien le molesta pues cuánto lo sentimos.
SEGUNDO ACTO
Museo de la danza en Línea y G,
Vedado, 28 de noviembre del 2008: Pedro Simón Martínez invita a pasar a
los reporteros y desde el primer saludo hace añicos los vaticinios.
Viste con la sobriedad del gris y el azul oscuro, pantalón ya
desgastado, chaqueta corriente y zapatos cómodos, muy usados.
Con pinta de hombre sentimental abre
todas sus puertas al conjuro de la palabra Agabama, ese pueblito
olvidado, donde vivió hasta la juventud con el arresto imprescindible de
su madre, en una estrechez recordable aún, sobre todo por aquellos
viajes diarios a pie durante tres años para alcanzar la escuela de
Fomento, incluso en primavera, cuando el agua y el fango calaban hasta
el tuétano de su niñez.
Mi madre daba clases, era maestra no
graduada, pero tenía cierta preparación y para vivir puso una escuelita,
con eso nos mantenía, porque mi padre murió cuando yo era muy pequeño.
Fue una mujer bastante audaz y se empeñó en que mi hermana y yo teníamos
que estudiar. Al sindicato tabacalero llegaron como unas planillas para
optar por becas de oposición en Ceiba del Agua. Busqué libros y estudié
solo. Para conseguir el pasaje hasta La Habana mi madre vendió un
puerquito, hizo una rifa con un estuche de no sé qué y me montó en el
tren con 5 pesos. Finalmente, gané aquella beca y cuatro años después
me gradué de Laboratorio de Química Industrial, pero en aquella época yo
tenía un flamante título y nunca encontré trabajo.
¿Cómo un joven tan desprotegido
sobrevivió en la capital y logró enrumbar al mundo del arte y el ballet?
Mi madre vino para acá y se puso a
trabajar como doméstica para que nos pudiéramos quedar. Mi hermana y yo
encontramos trabajo, empecé en la oficina de una creche, llevaba las
cuentas. Me gustaba mucho la música, cuando pequeño mi pobre abuela
-como desde que me levantaba por la mañana estaba cantando- me daba un
poquito de azúcar para que me callara porque la tenía loca. Ya
trabajando me matriculé en un conservatorio musical a estudiar Guitarra
Clásica, Canto; luego eso me sirvió de mucho, aunque nunca llegué a
graduarme.
Cuando triunfa la Revolución cambian mis
perspectivas. Me hicieron supervisor administrativo del Ministerio de
Bienestar Social y en cuanto abrió la Universidad matriculé, primero
hice una carrera administrativa y después Licenciatura en Derecho
Diplomático y Consular. Luego, el Doctorado en Ciencias Sociales.
Recién graduado fui seleccionado con un
pequeño grupo y nos internaron para prepararnos en Filosofía Marxista,
fui profesor en algunos Ministerios y varios años en la propia
Universidad. Después se hizo la Conferencia de la Organización
Latinoamericana de Solidaridad, fui como parte de la delegación cubana
con una ponencia sobre la penetración imperialista en el campo de la
cultura en América Latina, tuve que trabajar con muchas instituciones
culturales, me vinculé al campo de la cultura, que siempre me interesó
mucho.
La Casa de las Américas iba a fundar un
Centro de Investigaciones Literarias, dirigido por Mario Benedetti, y
andaban buscando personal. Me entrevisté con él, le dije que no había
estudiado Letras, que en Literatura era autodidacta. Me respondió que
con que hubiera leído a fulano, fulano, y me hizo una nómina de autores
ya era suficiente. Me quedé aterrado porque de todos esos nombres no me
había leído a casi ninguno y salí corriendo a leerme a toda aquella
gente. Pasé al Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las
Américas, donde llegué joven y salí viejo, permanecí ahí más de 30 años
como investigador literario. Y paralelamente, también trabajaba con lo
del ballet.
¿Cuál considera su aporte más valioso
en la investigación literaria: el acercamiento a la obra de Dulce María
Loynaz?
En Casa de las Américas preparé una
Valoración Múltiple sobre José Lezama Lima, tuve la experiencia de
conocerlo, visitarlo; luego hice otra de Gabriel García Márquez, después
trabajé con Juan Marinello y la valoración que es mi orgullo, porque
realmente disfruté mucho haciéndola, fue la de Dulce María Loynaz. Ella
me abrió sus puertas, sus archivos, me permitió ver la correspondencia.
En eso ayudó el vínculo con Alicia, pues Dulce María era una mujer muy
desconfiada, pero admiraba a Alicia, e incluso la primera vez que
permitió que se le grabara la voz se la grabé yo; ella no quería, casi
todo lo que hay de Dulce María grabado se lo grabé yo. Con grabaciones
como esa nació esa colección, El Archivo de la Palabra lo hicimos en la
Casa de las Américas durante muchos años, grabando a escritores.
La Casa de las Américas es también mi
casa, soy de la vieja guardia de esa institución, trabajé con Haydée
Santamaría muy cerca. Hasta que llegó el momento en que el ballet me
llevaba mucho tiempo y vino el Museo de la Danza que se iba a fundar en
1998, entonces empiezo la formación de este museo, el primero que existe
en Cuba en esta especialidad y uno de los pocos en el mundo.
Usted ha contribuido a conformar
entre nosotros el perfil teórico del Ballet, ¿jamás le interesó bailar?
¿Qué significan la danza, el ballet para Pedro Simón?
Digo bromeando que la danza ha estado
siempre en mi corazón pero nunca en los pies, me acerqué al ballet como
espectador, nunca lo sentí en mi cuerpo, sino en mi sensibilidad
artística como receptor. La danza es una de las artes más determinantes
en mi gusto, en mi placer estético. Tuve varios puntos en mi formación,
he trabajado en varios perfiles, pero la danza ha sido una fuerza
arrolladora, curiosamente sin que yo bailara, porque a través de mis
estudios y de mi experiencia conocí su estética, su historia, me he
hecho un especialista, quiéralo o no, le he dedicado muchos años de mi
vida a la danza y al Ballet Nacional de Cuba, específicamente. Considero
la danza algo muy importante en mi vida, en la cultura de Cuba y decidí
ayudarla en lo más posible, incluso utilizar mis conocimientos en otras
materias y volcarlos sobre la danza, ayudar en el trabajo teórico,
integrarme y enriquecer el ballet con lo que yo podía humildemente
aportar.
Los recientes títulos, La
danza en la órbita de Orígenes y Sonetos por la danza,
coronan la dualidad Literatura-Ballet que ha marcado la intelectualidad
de Pedro Simón, ¿cuál considera su principal realización: este museo, el
periodismo o sus acercamientos a la literatura?
Es como el que tiene varios hijos, cada
uno ocupa un lugar importante, el museo en la actualidad me lleva todo
el tiempo, me siento responsable de que exista, avance, que crezca.
Todavía estamos a mitad del camino porque no tenemos cosas que queremos
tener, estoy totalmente integrado a eso, por lo tanto creo que en estos
momentos se lleva la bandera el museo, sin abandonar la revista Cuba
en el Ballet. Aunque todavía la literatura me sigue tirando, estos
dos cuadernos son una muestra de que las dos cosas van juntas.
En Sancti Spíritus existió una
Academia de Ballet en la época prerrevolucionaria, sin embargo, hoy la
danza se ha quedado muy a la zaga en la provincia.
Tiene que haber una escuela de Ballet en
Sancti Spíritus, no tener esa escuela me parece un crimen de lesa
cultura porque en todas partes nacen talentos y es triste pensar que los
talentos que están naciendo allá se están perdiendo, no tienen la
oportunidad de formarse. Todo está en encontrar un profesor con el nivel
adecuado y que quiera estar allí, también crearle ciertas condiciones de
vida mínimas y hacer una escuela.
Usted nunca ha terminado de
deslindarse de Agabama, incluso, en una visita a las cataratas del
Niágara envió una postal a Fomento, ¿nostalgias resucitadas?
Para mí el salto del río Agabama fue una
cosa muy importante en la niñez, era como un prodigio, lo más mágico que
había en Agabama. Nací y me crié a unos metros del río, lo tengo dentro,
iba al salto, oía el ruido del agua y me ponía un poco a soñar, me
parecía un mundo fantástico, casi increíble. Ocurre que fui hace poco a
las Cataratas del Niágara y cuando las miro, yo no estaba pensando en
Agabama ni nada de eso, pero lo que me vino a la mente fue el saltadero
del Agabama y alguien puede ver ridícula la comparación, pero era la
emoción que yo sentía de niño ante mi saltadero del río.
Me siento todavía de allá, es una
sensación muy curiosa, tengo unos recuerdos extraordinarios de Agabama,
no tengo ningún mal recuerdo allí, recuerdo aquella gente como la más
buena del mundo, que nos ayudó muchísimo, muy familiares, luchadores,
revolucionarios. No he ido más allá porque durante mucho tiempo hubo
problemas con el transporte, además por la cantidad de responsabilidades
y el trabajo. Después que me casé con Alicia, ella también me necesita
mucho.
En el 2002 lo declararon Hijo Ilustre
de Fomento, ¿cómo recibió ese reconocimiento un hombre que ha viajado
medio mundo y merecido hasta la Distinción por la Cultura Nacional?
Que no se me ofendan todas las otras
distinciones, pero para mí ha sido la más importante, una de las grandes
experiencias de mi vida fue regresar a Agabama, el recibimiento que me
hicieron, reunirme con los amigos de la escuela, me hicieron llorar
varias veces, nunca se me olvidará.
Alicia bailó en Sancti Spíritus en
1956, ¿nunca invitó a Alicia a visitar Agabama? ¿En qué quedó aquella
idea suya de que el Ballet actuara en Fomento y regresara a Sancti
Spíritus?
Yo le bromeo mucho con eso, le digo que
un lunar importante en su trayectoria es no haber ido a Agabama, además,
yo digo que el Ballet Nacional de Cuba tiene que bailar allá. Me
gustaría, incluso cuando estuve en Fomento miré las posibilidades, con
un tabloncillo podría actuar, para mí sería una felicidad ir a Fomento
con Alicia y que el Ballet actuara, pero sé que para eso la provincia y
el municipio tendrían que hacer un gran esfuerzo, porque hay que mover
la compañía, alojar a los bailarines, es un esfuerzo económico
importante, para mí sería una satisfacción muy grande, ojalá en el
futuro pudiera ser, también hay que ir a Sancti Spíritus, eso sigue
siendo un sueño.
Tomado de
Escambray
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