La
noche que lloró Mayábuna
Juan Antonio Borrego
Fotos Brito
Pobladores del sur espirituano sortearon kilómetros de
marabuzales en medio de la noche y arriesgaron sus propias vidas en el
empeño por guiar a las autoridades hasta el lugar del siniestro e
intentar socorrer a las víctimas del vuelo 883 de Aerocaribbean.
Cuando al anochecer del pasado jueves José Martín se dispuso a
asegurar su caballo en la plazoleta del batey de Vanguardia, al sur de
la ciudad de Sancti Spíritus, habían transcurrido exactamente 57 minutos
desde que los 61 pasajeros y siete tripulantes del vuelo de
Aerocaribbean S.A. se ajustaran sus cinturones en la pista del
Aeropuerto Internacional Antonio Maceo, en Santiago de Cuba.
“Yo sentí un ruido gordo, duro –relata el lugareño- y cuando miré al
cielo a principios no vi nada porque había unas nubes, pero luego sí, el
avión estaba plano, parecía que iba a caer aquí mismo, entonces empezó
a dar tumbos, a bajar rápidamente y se fue pegando al suelo hasta que
explotó como una bomba. Salí y me encaramé en un tanque y vi que todo se
encendió, sabía que allí no podía haber sobrevivientes”.
Vanguadia, Paredes, Mayábuna, Guasimal… Las versiones se cruzan, se
contradicen, convergen y se van tejiendo como los mismos marabuzales que
debieron atravesar sus autores, machete en mano y en medio de una
oscuridad infernal, para mirar con sus propios ojos lo que José Martín
supo desde el mismo momento en que sintió aquel estampido.
LA ODISEA DE LLEGAR
En
un recodo de la vereda el guía se agacha de súbito y dibuja sus dudas
sobre el fango del camino. El dedo índice se clava en la tierra húmeda y
conforma en poco rato el mapa de la zona ante los socorristas
desorientados que buscan desesperadamente llegar lo más rápido posible
hasta donde las llamas. El hombre no necesita nada más que su
improvisado plano para validar una verdad que anuncia sin miramientos:
- Vámonos volando para Vanguardia –dice- que por aquí no llegaremos
nunca a donde está el avión.
El ATR-72-212 de la compañía Aerocaribbean que cubría la ruta entre
Santiago de Cuba y La Habana había caído de panza en el fondo de los
marabuzales impenetrables que cubren esa parte del territorio
espirituano, una zona ganadera situada en las inmediaciones de las
comunidades de Vanguardia y Mayábuna, a un costado de la presa Zaza.
Hasta ese sitio, afortunadamente deshabitado, pero de muy difícil
acceso, intentaban llegar de inmediato decenas, quizás cientos de
pobladores de lugares cercanos, rescatistas venidos desde Sancti
Spíritus, fuerzas del MININT, las FAR, y las principales autoridades de
la provincia.
TODO SE PONÍA BLANCO
“La
gente quería ayudar –relata Miguel Acebo Cortiñas, miembro del Comité
Central y Primer Secretario del Partido en Sancti Spíritus-, a nosotros
nos guió una mujer de Vanguardia, ella dijo: 'Yo puedo', se montó en el
yipe y luego se buscó un práctico, un conocedor que a caballo nos llevó
por trillos, por debajo de la vegetación, hasta el mismo lugar del
desastre, donde ya habían llegado decenas de vecinos.
“El pueblo quería salvar, quería contribuir en medio de la desgracia,
recuerdo que al poco rato de encontrarme en el sitio se apareció la
gente de Paredes, llegaron a pie, uno de ellos se me presentó, me dio
como una especie de parte militar y me dijo: 'Secretario, aquí estamos,
díganos qué tenemos que hacer ahora', hubo muestras de valor
incalculables”, reconoce Acebo.
“Fuimos a tratar de salvar a alguien, pero aquello estaba explotando,
era una bola de candela que se veía a varios kilómetros y no se podía
hacer nada”, relata Jorge Luis Rosendo.
“Nunca había visto una candelá tan grande – recuerda Lisvany Pérez,
otro de los vecinos que llegó hasta el avión siniestrado rompiendo el
marabú con el pecho del caballo y también con el suyo-, las llamas eran
de un amarillo fuerte y después todo se ponía blanco como si fuera de
día”.
Hensy David Portal no se avergüenza de reconocer sus miedos: “Yo salí
asustado –dice- porque sentí un sonido muy fuerte, entonces miro y veo
el avión pasando por arriba de la casa, un poco más alante empezó a dar
vueltas, soltó algo como una aleta y después vi cuando cayó. Fuimos para
allá a caballo, pero cuando llegamos todo estaba envuelto en llamas con
un olor insoportable, al ratico ya estaban allí también las autoridades,
los bomberos, pero no se pudo sacar a nadie vivo”.
En
el lugar de la tragedia Leonel Albiza, vicedirector de Asistencia Médica
del Policlínico Sur, de Sancti Spíritus, reconoce que la frustración más
grande de su carrera como médico fue regresar sin al menos haber podido
salvar una vida.
SE ESTÁ CAYENDO UN AVIÓN
Eneida Sánchez Borroto, que atiende el teléfono público en Vanguardia
está convencida que desde su casa jamás se ha trasmitido una noticia más
dramática que la del pasado jueves: “Marqué el 105 y dije como loca: 'Se
está cayendo un avión', pero en ese momento sentí que explotó aquello y
les grité: 'oigan, no es que se está cayendo, es que ya se cayó', ellos
entonces me viraron la llamada y fue que pude explicar un poco mejor.
No
fue el único aviso, también lo hizo la maestra del batey, un joven que
traía un celular en ese momento y varias personas más que desde sus
comunidades avistaron la nave al momento de caer.
Luego vendría el corre corre de bomberos, de socorristas, de
ambulancias, de carros, de gente a caballo, a pie, algunos hasta
descalzos, tratando de abrirse paso en una selva espinosa que dejó
marcas a casi todos. Merelda Borroto, una de las mujeres que llegó hasta
el fuego, muestra las suyas como testigos de una noche muy difícil de
olvidar.
La
empresa más encomiable quizás corrió a cargo de Mariano Carrera, el
buldozero de la brigada 30 del Grupo Empresarial de la Construcción en
Sancti Spíritus, que en cuestión de horas abrió el camino de casi dos
kilómetros, un sendero imprescindible para que los medios de transporte
pudieran llegar a media noche hasta el punto exacto del siniestro.
Por allí saldrían también, al día siguiente, los restos de las 68
personas que viajaban en el ATR-72-212 de Aerocaribbean S.A. la tarde
noche en que Vanguardia, Mayábuna y todo el sur de Sancti Spíritus se
trastocaron en un infierno sin par.
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