C entinela de amores y antiguo
poderío
Mayra Pardillo Gómez
Un
poco antes de llegar a Trinidad, fundada en 1514 en esta provincia al
centro de la Isla y una de las ciudades mejor conservadas del Caribe y
Latinoamérica, la Torre Manaca Iznaga, única de su tipo en el país, se
burla del inexorable tiempo.
Esta espléndida joya arquitectónica en forma de atalaya –a veces
comparada con la célebre Torre de Pisa-, fue mandada a construir por Don
Alejo María del Carmen Iznaga y Borrel hacia los años finales de la
década del 20 o principios del 30, en el siglo XIX.
Nacido en 1807 y casado con Doña Juana Hernández en julio de 1826 se
piensa que la torre de ladrillos, de 45 metros de altura, siete pisos con
ventanas laterales en cada una de ellas y 184 escalones, fue edificada por
la fecha del matrimonio del rico hacendado.
Otras fuentes como el libro Monumentos Nacionales y Locales de Sancti
Spíritus, señalan que tiene 43,5 metros de altura.
También la autora del texto titulado Torre Manaca Iznaga, Silvia
Teresita Angelbello Izquierdo, apunta que “Cumplía así el doble papel de
atalaya y campanario, al cual, años después, se añadiría el de marcar las
horas con un reloj mecánico en el último piso”.
Agrega que por documentos de Don Alejo se conoce que había un vigía y
guardián de la torre, quien en el último piso tenía su habitación.
Esta obra de arte se transformaría en símbolo arquitectónico y cultural
de una región, enclavada en el Valle de San Luis o de los Ingenios,
declarado por la UNESCO, en 1988, junto al centro histórico de Trinidad,
Patrimonio Cultural de la Humanidad.
En ese valle funcionaron 48 ingenios, pero la crisis económica de mitad
del siglo XIX (1857 a 1866), unido a otros factores sociales, afectaron
gravemente a la industria azucarera trinitaria.
El libro Trinidad y el Turismo (Editorial Gente, 1954) plantea que
fue levantada para observar probables incendios en los cañaverales, dando
aviso con los toques de campana y para llamar a los esclavos al concluir
sus extenuantes faenas agrícolas.
Para otros, se alzó por el afán ostentoso de perpetuar en grandiosas
y únicas construcciones el poderío económico de sus dueños.
Mas las causas de su origen son varias, adornadas por hermosas
leyendas, como la que plantea que Alejo, siendo muy celoso encerró a su
bella esposa en lo alto de la torre, batiéndose con un rival al pie de la
misma, y dando muerte en el duelo al infeliz enamorado.
La leyenda de la rivalidad entre los dos hermanos Iznaga cuenta que
Don Pedro hizo un pozo hondo y Alejo la altiva torre, ya que se disputaban
el amor de una joven y decidieron hacer, cada uno, una obra cuya longitud
en metros definiría quién sería el escogido.
Otras interpretaciones le atribuyen un fin utilitario ya que desde
lo alto se podían avistar los barcos piratas por la costa sur y vigilar las
extensas plantaciones para evitar los incendios, las fugas de los negros
esclavos o las sublevaciones de éstos.
Opinan los expertos que está edificada con ladrillo de barro y un
mortero tradicional de cal y arena, lo que unido a la ingeniosidad de
sus fabricantes la hizo acreedora de una envidiable resistencia.
Este Monumento Nacional, parte del antiguo ingenio azucarero San Alejo
de Manaca, constituye el mejor exponente de las torres vigías construidas
en nuestras tierras, según especialistas en el tema.
Hace más de una década fue objeto de una restauración que le devolvió la
fortaleza a los pisos de madera, así como mejoró el estado de la escalera
y las barandas, lo cual la perpetúa como un eterno mirador del Valle de
los Ingenios.
Ni vientos fuertes ni los conocidos huracanes que afectan a nuestra isla
caribeña durante la temporada ciclónica han podido destruir esta joya que
se alza orgullosa y señorial como símbolo de Trinidad, ubicada a unos 360
kilómetros al este de la capital.
Sin dudas es muestra del poderío económico que llegaron a alcanzar
algunos habitantes de una de las siete primeras villas fundadas por el
Adelantado Diego Velázquez en Cuba.
Hija de un capricho, una disputa familiar o del amor, lo cierto es que
la torre Manaca-Iznaga, a siglos de construida, hace voltear la cabeza al
curioso visitante que se deja llevar a través de las leyendas por un viaje
imaginario hacia un pasado desconocido.
Tomado de El Nuevo Fénix
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