Fabulaciones a salvo del barracón

 

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Fabulaciones a salvo del barracón

Del antiguo caserío esclavo aún se conservan 14 inmuebles. Foto: Vicente Brito. Escambray.Durante los años del boom azucarero, varios ingenios del valle trinitario optaron por los caseríos de esclavos para atenuar los horrores del barracón tradicional. Sólo uno ha llegado hasta nuestros días. En Manaca Iznaga, primeros indicios de la restauración

Gisselle Morales Rodríguez 

Doña Juana Nepomuceno Hernández, viuda de Alejo Iznaga, parecía no temerle demasiado a las revueltas negreras que auguraban en cada tertulia los sacarócratas criollos desde el susto de Haití. Confiada de que en sus dominios ningún disturbio escaparía al olfato de los mayorales, se negó resueltamente a encerrar a cal y canto a sus más de 400 esclavos en una sola nave sujeta a los calores del mediodía y les permitió continuar habitando el poblado que décadas atrás erigieran a un costado del batey.

 “Las habitaciones de los negros son de mampostería y teja formando cuatro calles, y se componen de sala, comedor, aposento, recámara y un portal al frente de sus respectivas calles”.

Así describió el caserío esclavo Justo Germán Cantero en su libro Los Ingenios de 1857; así lo inmortalizó el francés Eduardo Laplante en una litografía que ha dado la vuelta al mundo y que muestra al Manaca Iznaga como en realidad fue: las carretas de caña rumbo a la fábrica, una de las más prósperas de todo el valle; la casa familiar con ínfulas de mansión vernácula; la torre campanario plantada para frustrar, a 43.5 metros del suelo, cualquier intento de cimarronaje.

Más de un siglo después de la abolición de la esclavitud, el asentamiento que albergó durante décadas a la dotación entera del ingenio asiste hoy a los primeros pasos de un proyecto de restauración que, a cargo de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, devolverá la imagen original a este sitio de incalculable valor histórico.

ALDEAS NEGRAS EN EL VALLE

Las primeras referencias documentales del término barracón se atribuyen a Honorato Bernard de Chateausalins. Publicado en 1831, su Vademécum de los Hacendados Cubanos ya advertía a los oligarcas del azúcar sobre la necesidad de edificar naves “con una sola puerta, cuidando el administrador o mayoral de recoger la llave por las noches”.

Sin embargo, no pocos propietarios ignoraron de golpe las admoniciones del erudito, más fundadas en el temor a los motines que en el conocimiento del africano, y permitieron a sus negros convivir en estancias independientes.

El mapa del ferrocarril entre Trinidad y Sancti Spíritus, confeccionado por Julio Sagebien y Delgado en 1855, da fe del predominio de estos caseríos en el valle trinitario: 20 de las 22 haciendas cañeras atravesadas por el camino de hierro contaban con tal suerte de villorrios, alejados de las viviendas principales y a escasos metros de las plantaciones.

Guáimaro, Güinía de Soto, Buena Vista… quedaron en las pinturas de la época exhibiendo sus ranchos negreros, aunque el adobe y la madera con que fueron edificados no resistieran los rigores de la intemperie. Sólo el ingenio Manaca Iznaga logró conservarlos hasta hoy, vilipendiados por las urgencias de sus sucesivos moradores, pero en el sitio exacto que les fuera destinado entonces a los esclavos para rumiar sus desdichas.

BENDECIDOS POR IROKO

Ninguno de los actuales habitantes puede decir a ciencia cierta cuándo comenzó a crecer la ceiba acomodada frente al caserío y ausente por completo del grabado de Laplante. Lo cierto es que a su sombra se sientan para contarse vida y milagro, y a sus raíces vuelven ahora con tributos a Iroko por la dádiva de la reconstrucción.

Al menos eso cree Leonila Borgiano, a quien se le desbordan las palabras de elogio: “Aquí he vivido desde que tengo uso de razón y ya se me estaba cayendo el techo encima; cuando llovía se mojaba más adentro que afuera. Esto que hacen por mi familia no tiene nombre”.

La cuadrilla de trabajo, como le llama Luis Marín Bravo, el jefe de grupo, pertenece a la Empresa de Construcción y Restauración de Monumentos. Sus albañiles, carpinteros, técnicos y ayudantes se enorgullecen de haber contribuido a apuntalar la endeble fisonomía del valle y, desde el pasado enero, a “pasarle la mano” al antiguo asentamiento esclavo.

Según José Luis Hurtado Coello, proyectista del Departamento de Arquitectura de la Oficina del Conservador, las obras no pretenden eliminar habitaciones añadidas con posterioridad, que responden a las necesidades de los actuales propietarios, sino diferenciarlas de la estructura originaria para facilitar la correcta lectura histórica.

“Se han identificado 14 inmuebles sobrevivientes de aquel caserío inicial con diferentes grados de deterioro -añade el experto-, pero como se trata de un proyecto integrador se laborará en otras 26 casas que, aunque no tengan relevancia patrimonial, forman parte del conjunto arquitectónico”.

Ya lo aclaraba Víctor Echenagusía, especialista de la Oficina del Conservador, en un periplo por la zona: “Salvar la memoria histórica es sin dudas importante, pero el verdadero valor del proyecto radica en el mejoramiento de la calidad de vida de los lugareños, que aprendan a habitar armónicamente el sitio, que el caserío se sume a los atractivos de Manaca Iznaga como lo que en realidad es: una pieza clave para comprender la plantación esclavista azucarera”.

Y acaso esa sospecha también asaltaba a Justo Germán Cantero cuando, en sus apuntes de compilador neófito, alabó para la posteridad “la inapreciable ventaja de poseer la señora propietaria alrededor de ciento diez caballerías de tierra de superior calidad regadas por dos ríos y varios arroyos”. No reconoció entonces, ni habría de hacerlo nunca, la temeraria determinación de doña Juana, enemiga acérrima y confesa de los horrores del barracón.

Tomado de Escambray

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