Fabulaciones a salvo del
barracón
Durante
los años del boom azucarero, varios ingenios del valle trinitario
optaron por los caseríos de esclavos para atenuar los horrores del
barracón tradicional. Sólo uno ha llegado hasta nuestros días. En Manaca
Iznaga, primeros indicios de la restauración
Gisselle Morales Rodríguez
Doña Juana Nepomuceno Hernández, viuda de Alejo
Iznaga, parecía no temerle demasiado a las revueltas negreras que
auguraban en cada tertulia los sacarócratas criollos desde el susto de
Haití. Confiada de que en sus dominios ningún disturbio escaparía al
olfato de los mayorales, se negó resueltamente a encerrar a cal y canto
a sus más de 400 esclavos en una sola nave sujeta a los calores del
mediodía y les permitió continuar habitando el poblado que décadas atrás
erigieran a un costado del batey.
“Las habitaciones de los negros son de mampostería y
teja formando cuatro calles, y se componen de sala, comedor, aposento,
recámara y un portal al frente de sus respectivas calles”.
Así describió el caserío esclavo Justo Germán Cantero
en su libro Los Ingenios de 1857; así lo inmortalizó el francés Eduardo
Laplante en una litografía que ha dado la vuelta al mundo y que muestra
al Manaca Iznaga como en realidad fue: las carretas de caña rumbo a la
fábrica, una de las más prósperas de todo el valle; la casa familiar con
ínfulas de mansión vernácula; la torre campanario plantada para
frustrar, a 43.5 metros del suelo, cualquier intento de cimarronaje.
Más de un siglo después de la abolición de la
esclavitud, el asentamiento que albergó durante décadas a la dotación
entera del ingenio asiste hoy a los primeros pasos de un proyecto de
restauración que, a cargo de la Oficina del Conservador de la Ciudad de
Trinidad y el Valle de los Ingenios, devolverá la imagen original a este
sitio de incalculable valor histórico.
ALDEAS NEGRAS EN EL VALLE
Las primeras referencias documentales del término
barracón se atribuyen a Honorato Bernard de Chateausalins. Publicado en
1831, su Vademécum de los Hacendados Cubanos ya advertía a los oligarcas
del azúcar sobre la necesidad de edificar naves “con una sola puerta,
cuidando el administrador o mayoral de recoger la llave por las noches”.
Sin embargo, no pocos propietarios ignoraron de golpe
las admoniciones del erudito, más fundadas en el temor a los motines que
en el conocimiento del africano, y permitieron a sus negros convivir en
estancias independientes.
El mapa del ferrocarril entre Trinidad y Sancti
Spíritus, confeccionado por Julio Sagebien y Delgado en 1855, da fe del
predominio de estos caseríos en el valle trinitario: 20 de las 22
haciendas cañeras atravesadas por el camino de hierro contaban con tal
suerte de villorrios, alejados de las viviendas principales y a escasos
metros de las plantaciones.
Guáimaro, Güinía de Soto, Buena Vista… quedaron en
las pinturas de la época exhibiendo sus ranchos negreros, aunque el
adobe y la madera con que fueron edificados no resistieran los rigores
de la intemperie. Sólo el ingenio Manaca Iznaga logró conservarlos hasta
hoy, vilipendiados por las urgencias de sus sucesivos moradores, pero en
el sitio exacto que les fuera destinado entonces a los esclavos para
rumiar sus desdichas.
BENDECIDOS POR IROKO
Ninguno de los actuales habitantes puede decir a
ciencia cierta cuándo comenzó a crecer la ceiba acomodada frente al
caserío y ausente por completo del grabado de Laplante. Lo cierto es que
a su sombra se sientan para contarse vida y milagro, y a sus raíces
vuelven ahora con tributos a Iroko por la dádiva de la reconstrucción.
Al menos eso cree Leonila Borgiano, a quien se le
desbordan las palabras de elogio: “Aquí he vivido desde que tengo uso de
razón y ya se me estaba cayendo el techo encima; cuando llovía se mojaba
más adentro que afuera. Esto que hacen por mi familia no tiene nombre”.
La cuadrilla de trabajo, como le llama Luis Marín
Bravo, el jefe de grupo, pertenece a la Empresa de Construcción y
Restauración de Monumentos. Sus albañiles, carpinteros, técnicos y
ayudantes se enorgullecen de haber contribuido a apuntalar la endeble
fisonomía del valle y, desde el pasado enero, a “pasarle la mano” al
antiguo asentamiento esclavo.
Según José Luis Hurtado Coello, proyectista del
Departamento de Arquitectura de la Oficina del Conservador, las obras no
pretenden eliminar habitaciones añadidas con posterioridad, que
responden a las necesidades de los actuales propietarios, sino
diferenciarlas de la estructura originaria para facilitar la correcta
lectura histórica.
“Se han identificado 14 inmuebles sobrevivientes de
aquel caserío inicial con diferentes grados de deterioro -añade el
experto-, pero como se trata de un proyecto integrador se laborará en
otras 26 casas que, aunque no tengan relevancia patrimonial, forman
parte del conjunto arquitectónico”.
Ya lo aclaraba Víctor Echenagusía, especialista de la
Oficina del Conservador, en un periplo por la zona: “Salvar la memoria
histórica es sin dudas importante, pero el verdadero valor del proyecto
radica en el mejoramiento de la calidad de vida de los lugareños, que
aprendan a habitar armónicamente el sitio, que el caserío se sume a los
atractivos de Manaca Iznaga como lo que en realidad es: una pieza clave
para comprender la plantación esclavista azucarera”.
Y acaso esa sospecha también asaltaba a Justo Germán
Cantero cuando, en sus apuntes de compilador neófito, alabó para la
posteridad “la inapreciable ventaja de poseer la señora propietaria
alrededor de ciento diez caballerías de tierra de superior calidad
regadas por dos ríos y varios arroyos”. No reconoció entonces, ni habría
de hacerlo nunca, la temeraria determinación de doña Juana, enemiga
acérrima y confesa de los horrores del barracón.
Tomado de
Escambray |